Hoy es el Día Internacional de las Personas con Discapacidad y se hablará de ello en
los medios, en las redes sociales, quizá también en la calle. No está mal: es un foco de
luz para quienes convivimos con ello, sea de manera directa o indirecta. En mi caso,
siempre ha estado ahí. Cuando nací, mi hermana Raquel apenas tenía catorce meses y
ya arrastraba ciertos problemas de salud a los que más tarde se sumaría un diagnóstico
para toda la vida: discapacidad intelectual.

Ahora las dos ya peinamos canas, pero para llegar hasta aquí hemos recorrido juntas
un camino lleno de hitos que no hubiera sido posible sin el sostén no solo de la
familia, sino también del tejido asociativo de Plena Inclusión Cantabria.

Dicen que la infancia es la patria y no puedo estar más de acuerdo. Para mí fueron
años luminosos en los que mis hermanos y yo crecimos en igualdad, jugando, sin
demasiadas preguntas. Para entonces, Raquel ya había pasado por un internado y un
colegio de educación especial.

Después llegó la adolescencia, ese territorio incierto donde todo se desordena.
Empezaron a aparecer las diferencias, las primeras emociones descontroladas. Fue un
acierto inmenso que nuestros padres nos apuntaran a una especie de taller formado
por un grupo de hermanos de personas con discapacidad. Aquello fue como abrir una
ventana. Un espacio seguro donde poder nombrar lo que sentíamos sin miedo, sin
culpa. Entendí que la discapacidad no es un hecho aislado: es un modo de vida que
abraza -a veces aprieta, a veces arropa- a todos los miembros de la familia.
Mientras tanto, la vida siguió su curso y Raquel pasó a ser usuaria del Centro de Día
que Ampros tiene en Laredo. Una vez más, el tejido asociativo como columna
vertebral, sosteniendo, acompañando, tejiendo red en colaboración con las
instituciones.

Gracias a ello, Raquel tiene una vida plena, estructurada, rodeada de personas que la
respetan, la quieren y la impulsan.
Por todo ello, quienes luchamos cada día por un mundo más inclusivo podemos
sentirnos orgullosos… pero no tranquilos. No del todo. Porque aún queda mucho por
hacer, muchos derechos por conquistar, muchas miradas por transformar. Mi hermana
es solo un rostro entre miles. Detrás de cada nombre hay una historia, un ritmo
distinto, una forma única de estar en el mundo. Hay personas con grandes necesidades
de apoyo y otras que apenas requieren acompañamiento; hay barreras visibles y
barreras que duelen porque no se ven.

Por eso hoy, en un día como este, alzo la voz. Por ella. Por quienes cuidan, por
quienes acompañan, por quienes se desgastan en silencio. Y también por quienes aún
no saben cómo acercarse, cómo ayudar, cómo mirar sin juzgar. Para todos ellos, mi
apoyo. Porque un mundo inclusivo no es un destino: es un camino que se hace con
cada gesto, cada derecho conquistado, cada puente que tendemos hacia el otro. Y ese
camino, aunque largo, merece la pena recorrerlo juntos.

 

Por Mónica Icaza, hermana de Raquel y periodista.

 

DESCARGA EL ARTÍCULO

Las redes de la discapacidad